La corrupción política y los medios de comunicación: el caso Tangentopolis
Pier Paolo Giglioli
No todos los episodios de corrupción política tienen un impacto en la opinión pública. Sólo se llega a conocer algunos de ellos, y sólo una parte de éstos llegan al dominio público. Finalmente, sólo unos pocos de estos últimos llegan a provocar un escándalo en la opinión pública. En cada una de estas etapas, la función de los medios de comunicación es crucial. Los medios de comunicación pueden descubrir episodios de corrupción ignorados por los organismos oficiales de control social, pueden darlos a conocer a un amplio público y contribuir a la construcción social de un escándalo. El conocimiento que la gente tiene de la corrupción política y el juicio que se formulan acerca de ello nace de la atención que le dedican las noticias.
En este artículo no examinaré las condiciones generales que facilitan la implicación de la prensa y la televisión para detectar, publicar y dramatizar la corrupción. Por el contrario, me centraré en un caso particular: los recientes episodios de corrupción política en Italia, que en un plazo de dos años han producido un proceso masivo de deslegitimización que barrió de la escena política no sólo a toda una clase política sino al propio régimen que había gobernado el país durante más de cuarenta años.
Comenzaré con una breve descripción del
caso conocido como Tangentopolis ("Ciudad de los sobornos", el
rótulo adscrito a la ciudad de Milán, epicentro de todo
el asunto). A continuación, describiré el papel
desempeñado por el tratamiento de las noticias de los
periódicos y la televisión en la construcción
social del escándalo. Finalmente, concluiré con algunos
comentarios de carácter más general.
Tangentopolis y la operación
"Manos Limpias"
El 18 de febrero de 1992 un desconocido funcionario local del Partido Socialista, Mario Chiesa, fue detenido en Milán en el momento en que recibía un soborno de un contrato de servicios de limpieza para un hogar de ancianos del ayuntamiento, del cual era director. El episodio parecía tener una importancia relativamente escasa. El soborno era pequeño, sólo 10 millones de liras, y las personas implicadas eran poco conocidas. Para una formación como el Partido Socialista, cuya reputación había sido empañada, y algunos de cuyos miembros más conocidos habían sido objeto de otras investigaciones por corrupción política en el decenio de los '80, el caso Chiesa parecía un incidente de menor importancia, destinado a caer rápidamente en el olvido. Los principales periódicos y programas informativos de la televisión informaron del hecho durante un par de días sin prestarle mayor atención. Posteriormente, el caso desapareció de los titulares. En abril de 1992 debía celebrarse elecciones generales, e insistir en un caso de corrupción que involucraba a uno de los principales partidos a sólo semanas de la votación, podría haberse interpretado como una maniobra partidista.
Sin embargo, cuando el país se preparaba para votar, Mario Chiesa empezó a responder a las preguntas de los magistrados que llevaban el caso, y sus confesiones rasgaron el velo tendido sobre la corrupción política en Lombardía. En efecto, las revelaciones de Chiesa apuntaban al conjunto de la élite política de Milán, así como algunas de las principales figuras de la política nacional. En abril, pocos días después de que las elecciones pusieron de manifiesto el revés sufrido por los partidos políticos tradicionales y se destacara el avance de la Liga Norte (el movimiento liderado por Umberto Bossi, que reclamaba una mayor autonomía para el norte de Italia), los magistrados milaneses detuvieron a varios empresarios y a políticos del Partido Socialista (PSI), de la Democracia Cristiana (DC) y del Partido Democrático de Izquierda (PDS, la formación nacida de las cenizas del ex Partido Comunista).
Poco después, las investigaciones empezaron a extenderse como un fuego fuera de control. En mayo, fueron detenidos varios administradores de grandes empresas que operaban en el sector de los contratos públicos, así como varios miembros del gobierno de la región de Lombardía. La investigación judicial (llamada Operación "Manos Limpias") alcanzó el nivel nacional de los partidos: los administradores financieros de la DC y del PSI, varios ex ministros y, finalmente, el 15 de diciembre de 1992, Bettino Craxi, secretario general del PSI y ex primer ministro. Se acusó a los políticos de numerosos delitos que iban del soborno a la violación de la ley de financiación de los partidos políticos hasta la extorsión y la asociación ilícita.
Empezaron a surgir importantes repercusiones en el mundo político. En octubre de 1992, la Democracia Cristiana, el partido más importante del país, eligió a un nuevo líder, Mino Martinazzoli, que declaró que su primera tarea sería instaurar una moral moralizar y reformar el partido. El 11 de febrero de 1993, después de una larga resistencia, Bettino Craxi fue obligado a dimitir como jefe del Partido Socialista. El día anterior, Claudio Martelli, su principal adversario dentro del partido, que por aquel entonces era ministro de Justicia, al saber que se le estaba investigando, dimitió de su cargo. En los próximos meses, varios ministros fueron acusados de corrupción, y tuvieron que dimitir. El gobierno, encabezado por un político socialista, Giuliano Amato, quedó sumamente debilitado, y Amato también se vio obligado a dimitir a fines de abril de 1993. Frente a un escándalo que implicaba a amplios sectores de la élite política, el Presidente de la República eligió no a un político sino a un tecnócrata, Azeglio Ciampi, el gobernador del Banco de Italia, para que formara nuevo gobierno.
A pesar de que ahora la deslegitimización de la élite política parecía irreversible, algunos de sus líderes intentaron desesperadamente desafiar las iniciativas de los jueces. Avanti, el periódico del Partido Socialista, publicó una serie de artículos con el fin de desacreditar al miembro más popular de la Oficina del Fiscal de Milán, Antonio di Pietro. Posteriormente, en marzo de 1993, Conso, el nuevo ministro de Justicia del gobierno Amato, presentó un decreto ley1 que reducía las sanciones por financiación ilícita de los partidos, hasta entonces considerado un delito, a una falta puramente administrativa. Finalmente, el 29 de abril de 1993, por unos pocos votos de diferencia, la Cámara de Diputados se negó a autorizar el procesamiento de Bettino Craxi y a anular su inmunidad parlamentaria.
Sin embargo, la reacción de la opinión pública ante los intentos de los políticos de impedir las acciones judiciales fue impresionante. Las manifestaciones populares en favor del sistema judicial y en contra del decreto Conso obligaron al Presidente de la República a rechazar su firma (trámite requerido para que el decreto se convirtiera en ley) y obligó al Primer Ministro a retirarlo. Sin embargo, las protestas populares contra la negativa a autorizar que Craxi fuera llevado ante los tribunales fue tan fuerte que convirtió dicha negativa en una victoria pírrica. Las multitudes asediaron a Craxi en Roma, lanzándole invectivas e insultos mientras él se escabullía rápidamente de su hotel. A partir de entonces, el líder socialista, que había gozado de una enorme popularidad, tuvo que rodearse de guardaespaldas por temor a ser insultado e incluso atacado físicamente por la gente.
La hostilidad de la opinión pública hacia la élite gobernante se manifestó con claridad en los resultados de las elecciones locales celebradas a finales de 1992 y a comienzos de 1993, en las que los partidos de oposición de izquierda y derecha se apuntaron victorias. El 14 de diciembre de 1992, la Liga Norte consiguió un gran éxito al obtener casi el 50 por ciento de los votos en dos ciudades del norte, Varese y Monza, tradicionales feudos de la DC, mientras que en Reggio Calabria, en el sur, venció la Rete, un nuevo movimiento fundado sobre una plataforma de lucha contra la Mafia, y el MSI, el partido neofascista. En las elecciones municipales de junio de 1993, en Milán y Turín, la DC sufrió un revés brutal (el PSI ya había desaparecido del mapa de la política italiana). En Milán, el candidato de la Liga Norte fue elegido alcalde, mientras que en Turín fue elegido el representante de una coalición de izquierda. Finalmente, en diciembre de 1993, el PDS, junto a varios partidos de izquierda más pequeños, vencieron en las elecciones en algunas de las ciudades más grandes de Italia, a saber, Roma, Nápoles, Venecia, Génova, Palermo y Trieste.
Para la clase política italiana, la segunda
mitad de 1993 fue un virtual "ocaso de los dioses". Los magistrados
encargados del caso abrieron dos nuevas investigaciones. Una de ellas
abordaba la corrupción en el sector de la atención
sanitaria e implicaba al ex ministro de Salud, De Lorenzo, a los
gerentes de las principales empresas farmacéuticas y a
funcionarios ministeriales de alto rango que habían amasado
enormes fortunas con los sobornos. El otro organismo involucrado fue
Enimont, un conglomerado financiado con capitales públicos y
privados que operaba en el sector químico. Sus administradores
fueron acusados de sobornar a los partidos en el poder con enormes
sumas de dinero. Dos de ellos, Gabriele Cagliari y Raul Gardini, se
suicidaron en julio de 1993, el primero en prisión y el
segundo el día antes de comparecer ante los magistrados de
Milán. Todos los dirigentes de los partidos políticos
que habían sido miembros de gobiernos de coalición
durante el decenio de los '80, y numerosos ex ministros, se vieron
implicados en la investigación. El primer juicio del caso
Enimont, llamado el "Juicio Cusani", por el nombre del principal
acusado, se celebró a finales de 1993 y comienzos de 1994, y
fue transmitido por televisión en horario de máxima
audiencia. La televisión fue testigo de cómo los
principales representantes de la política italiana desfilaban
ante los magistrados. A comienzos de 1994, el Presidente de la
República disolvió el Parlamento, en un momento en que
un alto porcentaje de sus diputados estaban siendo investigados por
corrupción. Las siguientes elecciones generales, celebradas en
abril, arrojaron como resultado la inesperada victoria del frente de
derechas, liderado por un homo novus de la política italiana,
el magnate de la televisión Silvio Berlusconi.
La publicidad en torno al escándalo
Las noticias siempre desempeñan un papel importante en la construcción social de un escándalo de primer orden, no sólo porque los periódicos y la televisión son los principales instrumentos de la opinión pública para conocer los hechos potencialmente escándalosos sino también porque proporcionan una determinada interpretación de los acontecimientos, e influyen inevitablemente en la manera en que éstos son discutidos y evaluados en los debates públicos. Esto también se cumplió en el caso de Tangentopolis. Todos los observadores reconocen que los medios de comunicación desempeñaron un papel decisivo en la publicidad que rodeó el caso y en la influencia que ejercieron en la opinión pública.
Este papel sufrió ciertas modificaciones a lo largo de Tangentópolis. Durante la etapa inicial, cuando se descubrió el escándalo, la contribución de los medios de comunicación fue muy leve, casi nula. Tangentópolis fue desencadenado gracias a la investigación de los procuradores, no a las indagaciones de la prensa y la televisión. Porque aunque la red de connivencia y transacciones ilícitas entre contratistas privados y políticos no era en absoluto desconocida para los medios periodísticos de Milán, y aunque varias asociaciones ciudadanas habían denunciado los hechos, los medios de comunicación apenas habían tocado el tema antes del comienzo de las investigaciones de los tribunales, e incluso en los primeros dos meses después de la detención de Mario Chiesa, los periódicos y la televisión dedicaron una atención sólo esporádica y limitada al caso. Por ejemplo, Il Corriere della Sera, uno de los principales periódicos de circulación nacional, con sede en Milán, relegó los pocos artículos dedicados al caso Chiesa, en febrero y marzo de 1992, a la sección de noticias locales, bajo el rótulo de "el caso Baggina" (por el nombre del asilo que dirigía Chiesa) y le prestó implícitamente una importancia limitada al asunto.
Sin embargo, después de esta indiferencia inicial, la prensa dio un gran relieve al desarrollo posterior del escándalo y la cobertura de Tangentópolis, al principio sólo esporádica, se convirtió en auténtica saturación2 . En este sentido, los datos del cuadro 1 y el grafico 1 son elocuentes. Muestran la dimensión de saturación de la cobertura dada a Tangentópolis por algunos periódicos italianos: por los tres diarios más importantes del país (Il Corriere della Sera, La Repubblica y La Stampa) y por un periódico que había aparecido recientemente en los quioscos, más bien afín a las opiniones políticas de la Liga Norte (L'Indipendente) y por el periódico del PDS (L'Unità).
CUADRO 1. Periodos de saturación de cobertura dada a Tangentópolis
(número de días)
|
|
Corriere |
Repubblica |
Stampa |
Indipendente |
Unità |
|
Febrero 1992 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
|
Marzo |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
|
Abril |
4 |
6 |
4 |
6 |
4 |
|
Mayo |
18 |
22 |
26 |
22 |
20 |
|
Junio |
29 |
20 |
19 |
17 |
18 |
|
Julio |
18 |
19 |
16 |
23 |
5 |
|
Agosto |
17 |
9 |
9 |
13 |
8 |
|
Septiembre |
13 |
14 |
8 |
24 |
4 |
|
Octubre |
0 |
7 |
0 |
9 |
0 |
|
Noviembre |
0 |
10 |
4 |
9 |
4 |
|
Diciembre |
0 |
9 |
4 |
19 |
8 |
|
Enero 1993 |
20 |
28 |
17 |
25 |
14 |
|
Febrero |
23 |
28 |
28 |
26 |
27 |
|
Marzo |
28 |
30 |
28 |
31 |
31 |
|
Abril |
23 |
23 |
15 |
25 |
10 |
|
Mayo |
18 |
14 |
20 |
24 |
21 |
|
Junio |
9 |
12 |
6 |
4 |
0 |
|
Julio |
22 |
26 |
23 |
20 |
20 |
|
Agosto |
10 |
5 |
4 |
16 |
5 |
|
Septiembre |
16 |
8 |
16 |
17 |
14 |
|
Octubre |
18 |
17 |
5 |
23 |
8 |
|
Noviembre |
16 |
13 |
20 |
13 |
10 |
|
Diciembre |
13 |
16 |
19 |
22 |
17 |
A pesar de diferencias cuantitativas sustanciales entre los diversos periódicos, punto que abordaré más abajo, las informaciones muestran la misma tendencia general. Como he señalado, durante unos dos meses después de la detención de Mario Chiesa, ningún periódico siguió la historia con demasiada continuidad. Posteriormente, se produjo un primer punto álgido de saturación, durante los meses de mayo, junio y julio de 1992, cuando el alcance de la corrupción en Milán se hizo evidente con la detención de empresarios y políticos locales, y con la notificación de la investigación de figuras políticas nacionales. Durante el verano y el otoño el interés decayó, en parte como consecuencia de la competencia de otros temas importantes, como la crisis económica y la devaluación de la lira, aunque resurgió necesariamente durante los cinco primeros meses de 1993. Este periodo, marcado por ciertos acontecimientos clave (las reacciones a la notificación de investigación ordenada contra Craxi, el surgimiento de otros casos de corrupción, la dimisión de Craxi y Martelli, la protesta contra el decreto del gobierno que reducía las sanciones por financiación ilícita de los partidos políticos y la negativa del parlamento para autorizar el procesamiento de Craxi) constituye el núcleo central de Tangentópolis. Durante estos meses, el escándalo asumió tal importancia que muchos periódicos lo mantuvieron en primera página. Más tarde, a comienzos del verano, la atención, aunque todavía a un nivel alto, se redujo levemente y volvió a aumentar con los suicidios de Cagliari y Cardini, hasta alcanzar un nuevo punto álgido hacia fines de año con el comienzo del juicio Cusani.
Así, con la excepción de pocos meses, desde mayo de 1992 hasta diciembre de 1993, la prensa dio una cobertura prominente y constante al asunto Tangentópolis. Algunos días, la primera página estaba casi totalmente saturada de artículos sobre el escándalo y sus repercusiones.
La televisión no se quedó en menos. Debido a la falta de datos de conjunto sobre la cobertura de la televisión que se dio a Tangentópolis durante todo el periodo en cuestión, consideraré la cobertura de episodios clave del caso por parte de tres programas informativos de la televisión pública, TG1, TG2 y TG3, y por el programa de noticias comerciales más importante, TG5.3 Podemos ver que, independientemente de las diferencias entre las diversas cadenas, la atención dedicada al caso es muy sustancial
Como sucedió con la prensa, inicialmente, la detención de Chiesa recibió una atención más bien leve, después de lo cual el interés aumentó rápidamente. Los informativos dedicaron más de seis minutos como promedio a la notificación de investigación ordenada contra Craxi. La dimisión de Martelli, nuevamente, tuvo como promedio una cobertura de más de catorce minutos, casi la mitad de la duración total de los programas informativos (mientras se daba un espacio menor a la dimisión de Craxi, probablemente porque se esperaba desde hacía algún tiempo); también se destacaron otros dos acontecimientos cruciales: las reacciones al decreto de Conso y, sobre todo, a la negativa del Parlamento para autorizar el procesamiento de Craxi.
La cobertura de la televisión no se limitó a los informativos diarios. Durante el periodo inmediatamente anterior a Tangentópolis, la televisión pública y la televisión comercial habían estrenado nuevos programas sobre los asuntos públicos que abordaban la política de una manera más viva y menos deferencial que en el pasado. El escándalo Tangentópolis no tardó en convertirse en el tema central de estos programas, que gozaban de grandes audiencias. Casi todas las noches, las principales figuras implicadas en el escándalo e importantes dirigentes políticos italianos, fueron entrevistados, desafiados y acosados por los periodistas de la televisión y por las audiencias de los estudios, lo cual dio al escándalo una mayor notoriedad. En resumen, el problema de la corrupción pública se transformó, durante aproximadamente dos años, en el principal tema de los informativos. Como declaró un especialista de los medios de comunicación en Italia, "la cobertura [de Tangentópolis] fue impresionante, intensa e implacable" (Mazzoleni, 1995, 309).
¿Cómo se puede explicar esto, especialmente cuando se compara con la escasa atención otorgada por los medios de comunicación a la corrupción política en el pasado4 (Galli, 1983; Turone, 1984; della Porta, 1992)?
Una de las explicaciones que se suele dar es que en esta ocasión el escándalo era demasiado importante para ser tapado o ignorado. Pero esto es un argumento circular. Si Tangentópolis se convirtió en un asunto tan significativo, se debió en gran parte a la importancia que le dieron los medios de comunicación. De hecho, incluso en el decenio anterior habían surgido ciertas instancias de corrupción igualmente importantes en términos del monto de los sobornos y del prestigio de los implicados,5 pero la prensa había prestado mucho menos atención a estos casos, contribuyendo así a que cayeran en el olvido.
Otra explicación se refiere a la orientación ideológica de los medios de comunicación. Desde esta perspectiva, la atención dedicada al escándalo estaba en función de la ventaja que podían obtener de éste las fuerzas políticas que apoyaban a los periódicos y a los informativos en la televisión. Pero incluso esta explicación no es satisfactoria. De hecho, los datos (Cuadro 1) demuestran que L'Unità, el periódico del PDS, a pesar de que el partido estaba sólo marginalmente implicado en el escándalo y, por lo tanto, tenía todo que ganar al destacar su importancia, dio a Tangentópolis menos cobertura permanente que aquellos periódicos que estaban menos políticamente controlados.
Por lo tanto, no fue la afiliación política de la prensa y la televisión, sino más bien su despolitización lo que explica el mayor énfasis dado a Tangentópolis que a otros casos anteriores de corrupción política. Esta independencia creciente de los medios con respecto al sistema político y a las élites políticas fue, a su vez, la consecuencia de la comercialización de los medios de comunicación que se produjo en la segunda mitad del decenio de los '80 (Giglioni y Mazzoleni, 1991; Mazzoleni, 1995). Hasta entonces, la prensa italiana se caracterizaba por una baja circulación y una escasa orientación de mercado. Los directores veían a sus periódicos como instrumentos de apoyo a los partidos políticos que protegían sus intereses económicos (en la mayoría de los casos, situados fuera del sector de los medios de comunicación), y no como empresas productoras de beneficios. La situación de la televisión era muy similar en varios sentidos. Los servicios públicos (RAI), financiados en gran medida por derechos de concesión, funcionaban en un régimen de absoluto monopolio y estaban estrictamente controlados por los principales partidos políticos que habían dividido a la RAI en tres áreas de influencia: la primera cadena, y su programa de noticias TG1, estaba dominada por los democristianos; la segunda cadena y TG2, por el partido socialista, y la tercera cadena, TG3, por el partido comunista. Por consiguiente, las noticias de la televisión, incluso más que la prensa, podían ignorar las demandas del mercado y estaban ideológicamente muy sesgadas, especialmente cuando trataban de temas políticos.
En los años '80, la situación comenzó a cambiar rápidamente. Gracias a las innovaciones tecnológicas que impulsó la ley sobre publicaciones, de 1981, las editoriales consiguieron disminuir sus costos de producción y mejoraron su administración financiera. Los principales periódicos empezaron a orientarse más hacia el mercado, ofreciendo un producto más vivo y atractivo, y al entrar en competencia se liberaron, al menos parcialmente, de su antigua dependencia del poder político. El resultado fue un aumento sustancial de la circulación (que creció un 25% desde finales del decenio de los '70 hasta finales de los '80, con un aumento especialmente rápido en la segunda mitad del decenio) y de los ingresos por publicidad.
En el sector de la televisión, el estímulo para el cambio se originó, a finales de los años '70, en el auge de la televisión privada, después de una sentencia dictada por el tribunal constitucional que liberalizó las emisiones. Un empresario, que hasta entonces había operado en el sector inmobiliario, Silvio Berlusconi, entró en el nuevo mercado de televisión y, en pocos años, a través de la hábil explotación de la publicidad, la financiación y una programación basada en programas de entretenimiento popular, llegó a dominar completamente la televisión comercial y empezó a erosionar seriamente la audiencia de la televisión pública. Hacia finales de los años '80, después de un decenio de desarrollo rápido y no regulado, el sistema de televisión italiano se había convertido en un dúopolio, donde Fininvest (la empresa de Berlusconi) y la RAI competían ferozmente. El único sector en el que la RAI conservaba su monopolio legal eran los informativos, pero en 1990 éste se abrió a las cadenas privadas y, justo un mes antes de estallar el escándalo Tangentópolis, apareció TG5, el principal informativo de la red Fininvest, y obtuvo rápidamente índices de audiencia muy importantes.
Así, en el momento en que estalló el asunto Tangentópolis, la prensa y la televisión se habían liberado del condicionamiento político del pasado y eran más sensibles al mercado y a la opinión pública. Entre los periodistas empezó a arraigar la idea de que podían actuar como representantes del interés público más que como portavoces de los partidos políticos. En una situación como ésta, la atención prestada por los medios de comunicación a Tangentópolis es fácilmente comprensible. Por un lado, insistir en el escándalo rendía buenos beneficios. El público estaba ávido de conocer detalles de los delitos de la élite política. Por otro lado, tomar el partido del "pueblo" significaba para la prensa no sólo redimirse de años de sumisión a la clase política sino también erguirse como un poder independiente y asumir el papel de "perro guardían", o de "árbitro" de los asuntos públicos.
Los datos del Cuadro 1 y la Figura 2 apoyan esta
interpretación y demuestran que cuanto más orientados
hacia el mercado estaban los periódicos, mayor cobertura daban
al escándalo. Entre los periódicos estaba
L'Indipendente, un periódico nuevo que intentaba consolidar y
ampliar su circulación, y que dio a Tangentópolis el
mayor número de días de saturación de cobertura,
seguido por los tres periódicos de circulación nacional
(Il Corriere della Sera, La Repubblica y La Stampa) y, en
último lugar, como se ha señalado, por L'Unità.
El mismo fenómeno se dio en la televisión (aunque los
datos disponibles son demasiado escasos para permitir que se
extrapole una tendencia con certeza). El programa de noticias que
dedicó más tiempo, en promedio, a los acontecimientos
clave de Tangentópolis fue TG5, un programa nuevo que, al
atraer una audiencia creciente, intentaba forjarse un lugar en el
mercado y conseguir una tajada sustancial de los ingresos por
publicidad. Sin embargo, la dinámica de la competencia
también involucraba a la televisión pública,
cuyos periodistas (por un lado inquietos por la posibilidad de perder
su audiencia a la competencia privada y, por otro, más libres
del control de los partidos, cuya influencia en la RAI se
debilitó progresivamente como consecuencia de la
deslegitimización que produjo el escándalo)
respondían cada vez más a criterios profesionales que
políticos en sus reportajes sobre Tangentópolis. No es
casual que el programa de noticias en que esta lógica de
competencia encontró los obstáculos más duros
fuera TG2, donde la influencia del partido socialista seguía
siendo muy fuerte, al menos hasta mediados de 1993. Era el programa
que dedicaba menos tiempo al escándalo y, además, en
opinión de todos los comentaristas, daba las informaciones
más políticamente sesgadas.
La dramatización del escándalo
Hasta ahora, he demostrado que la prensa italiana dio a Tangentópolis una amplia cobertura, y he sostenido que esto se debía a una mayor independencia de las noticias de los periódicos y la televisión con respecto al sistema político.
Sin embargo, en sí misma, la amplitud de la cobertura que se dio a Tangentópolis, medida exclusivamente en términos de espacio y tiempo, nos dice poco acerca de la posición adoptada por los medios de comunicación en este tema. Es decir, nos dice poca cosa acerca del rol desempeñado por la prensa en la transformación de lo que en un principio podría haber parecido un asunto partidista (como se ha señalado previamente, el énfasis puesto en la detención de Mario Chiesa podría prestarse fácilmente, en el clima de una campaña electoral, a la acusación de sesgo contra el partido socialista) en un escándalo nacional que señalaba el final de la 'Primera República'. Para analizar esta cuestión, debemos volvernos hacia interpretaciones cualitativas más que a mediciones cuantitativas, es decir, al análisis del marco dentro6 del cual la prensa presentó estos acontecimientos.
Desde el comienzo del escándalo, los marcos aplicables a Tangentópolis eran básicamente dos. El primero era de carácter técnico, y se expresaba con los conceptos y el vocabulario científico de las ciencias políticas. Desde su perspectiva, la corrupción política no era una cuestión de moral individual sino la consecuencia de causas estructurales, tales como la intervención creciente del Estado en la economía, la necesidad cada vez más voraz de financiación de los partidos políticos y la falta de alternancia en el gobierno. Como consecuencia, las soluciones también debían ser de carácter estructural. Desde luego, los culpables de los casos de corrupción de gran envergadura tendrían que ser castigados. Pero el papel desempeñado por el sistema judicial terminaba aquí. Para poner coto a la corrupción o para eliminarla había que introducir reformas específicas que debían ser ideadas por los políticos, y no por los jueces ni los fiscales.
El segundo marco es completamente diferente. No se expresó en términos de racionalidad explicativa sino en términos morales. Consideraba al escándalo como el síntoma de un profundo deterioro que amenazaba la esencia de la democracia y el propio orden moral en que se sustenta la sociedad. En este contexto, las consecuencias de Tangentópolis no podían consistir únicamente en unas reformas del sistema político que, por lo demás, una clase política tan corrupta y deslegitimizada no habría sido capaz de llevar a cabo. Se requería mucho más. En primer lugar, la reforma moral de la vida pública, que exigía un ceremonial simbólico de degradación de los culpables y de purificación colectiva. Posteriormente, la selección de una nueva clase política, no manchada por el escándalo. Dentro de este marco, el papel del sistema judicial no se limitaba a la revelación y represión de la corrupción. Los fiscales y jueces asumían una función simbólica muy superior, a saber, la de representantes de la moral pública.
Al estudiar las editoriales y artículos sobre Tangentópolis, es evidente que después de una incertidumbre inicial, la gran mayoría de la prensa optó por la segunda definición de la situación. La primera no estaba del todo ausente, especialmente en los periódicos menos populares, pero se expresaba fundamentalmente a través de escritores invitados que tenían una posición marginal en la presentación y discusión del problema. En general, la historia de Tangentópolis contada por los medios de comunicación era la de un cuento o drama moral en el que, al final, la virtud triunfaba y los villanos eran expuestos y castigados. La atención no se centraba en las variables estructurales que favorecen o inhiben la corrupción, sino en los problemás éticos suscitados por el escándalo. Los protagonistas de la historia no eran entidades abstractas, como el sistema político o la estructura de partido, sino sujetos concretos, a saber, los políticos investigados, los fiscales de Milán y el pueblo.
Esta definición de la situación predominó desde el comienzo del problema, y una vez consolidada, orientó la narración de los acontecimientos, sugiriendo implícitamente a los periodistas qué aspectos de la historia enfatizar y qué aspectos mitigar o ignorar. En particular, el marco escogido influía en la representación de los actores del drama.
Los principales actores, los verdaderos héroes estaban representados por los magistrados de la oficina del procurador de Milán. Numerosos reportajes y entrevistas enfatizaban la enorme carga de trabajo que tenían, su constancia, su destreza como investigadores, su independencia de cualquier poder. En el caso de Antonio Di Pietro, el miembro más popular del equipo de procuradores, la prensa enfatizó especialmente la sencillez y humanidad de este hijo de pobres campesinos del sur ("un hombre de origen humilde de la región de Molise"), su ascensión difícil y digna de elogios desde su condición de trabajador obligado a emigrar hasta llegar a inspector de policía y, más tarde, a procurador ("cuarenta y un años, con signos de cansancio visibles en el rostro y una vida muy dura a sus espaldas"), su lenguaje franco y popular ("enemigo de la retórica, de las grandes palabras y de las frases altisonantes"),7 sus conocidos arranques de ira contra los políticos investigados cuando persistían en sus mentiras. Así, los magistrados fueron retratados como miembros y representantes del pueblo, como los "verdaderos defensores de la gente decente", como los "vengadores" del pueblo después de años de abuso del poder, la corrupción y la ineficiencia",8 como "aquéllos que, al cumplir con su trabajo, garantizan que no se volverá a tapar [el escándalo] y que las cosas no volverán a ser como antes".9
Por el contrario, los políticos eran representados como una casta arrogante, deshonesta e incapaz, aislados del pueblo, que había dejado de confiar en ellos. La prensa señaló que muchos de ellos habían ingresado a la vida pública con el único objetivo de enriquecerse, que se consideraban por encima de la ley y que intentaban de cualquier modo posible evadir las responsabilidades por los delitos cometidos. Progresivamente, en los relatos de la prensa, la responsabilidad de la corrupción se desplazó desde los políticos individuales al conjunto de la clase política. Con la caída de Craxi, declaraba Il Corriere, "la guerra llevada a cabo por el poder de los partidos contra el país, degradando su civilización y saboteando su economía, ha llegado a su fin".10 Un año después del comienzo de la operación "Manos Limpias", el mismo periódico declaraba que todos los partidos, además de numerosos dirigentes de la esfera económica, estaban implicados en el escándalo: a la DC y el PSI, partidos que arrastraban desde hace tiempo acusaciones de corrupción, no tardaron en unirse el PDS y el PRI,11 los autoproclamados adalides de la operación "Manos Limpias". Por otro lado, el mundo industrial y financiero aparentemente no tenía escrúpulos para establecer una connivencia con aquellas fuerzas políticas que tan fervorosamente denostaba en público.12
La prensa también desempeñó un papel fundamental en la construcción social del tercer protagonista de estos acontecimientos, a saber, el pueblo. En la versión que daban los medios de comunicación, este término se refería a la masa de ciudadanos sencillos, honestos, normales y corrientes, que se habían visto sorprendidos y luego se habían indignado al conocer la magnitud del escándalo. Los periódicos y la televisión otorgaron un amplio espacio a las protestas populares (desde el pequeño grupo de personas apostadas en permanencia ante el Palazzo di Giustizia de Milán, hasta las manifestaciones públicas y las cartas y faxes recibidos por la prensa). Los medios de comunicación destacaban que no existían diferencias de opinión entre los ciudadanos. Independientemente de sus inclinaciones ideológicas, los unía un desprecio común por los políticos y un deseo de liberarse de ellos.
Es evidente que este resumen esquemático de las características que la prensa atribuía a los tres actores del drama ofrece una imagen altamente simplificada y uniforme de la orientación de los medios de comunicación. De hecho, la clara oposición entre una clase política corrupta y una sociedad honesta, que constituye la estructura simbólica elemental del marco que subyace a la mayoría de los reportajes de prensa sobre Tangentópolis, se articuló en diferentes estrategias de comunicación que dependían de la orientación política de los diversos periódicos y del público al que se dirigían. Algunos prefirieron apostar a favor de la indignación popular. Otros adoptaron un tono más comedido. Por ejemplo, un análisis de los titulares de los períodicos (Gleria, 1995) demuestra que algunos periódicos, como L'Indipendente, interpretaban el escándalo en términos sumamente populistas, insistiendo en los aspectos delictivos de la conducta de los políticos, en las acciones más llamativas emprendidas por los procuradores y en el descrédito en que había caído, sin excepciones, sobre todo el "Palazzo", término que en Italia connota el aislamiento de la élite política del resto del país. Otros, como La Repubblica, expresaban su crítica de los políticos con una mayor conciencia de las dimensiones institucionales del fenómeno, y eran más cautelosos a la hora de distinguir entre los políticos más corruptos y los menos implicados en el escándalo.
Sin embargo, estas diferencias en el énfasis coexistían dentro de un marco común de interpretación,13 que, insistimos, consideraba la corrupción como un tema esencialmente moral que violaba el acuerdo fundamental entre los dirigentes y las normas, deslegitimizando tanto a los partidos de la mayoría como, en menor medida, a los partidos de la minoría, es decir, al conjunto del sistema político.
¿Qué razones tenía la prensa para elegir este marco interpretativo en lugar de cualquier otro? En mi opinión, diversos factores influyeron en esta decisión, a veces inconscientemente. El primero está relacionado con el lenguaje de los medios de comunicación. Como señalaban Gamson y Modigliani (1989), una de las razones del éxito de un marco es la facilidad con la que puede ser simbólicamente condensado y comunicado en frases breves y efectivas. "Tangentópolis" y ""Manos Limpias"" que respectivamente glosaban la red de corrupción política en Milán (y, por extensión, en el conjunto del país) y la operación de limpieza legal y moral llevada a cabo por los jueces, eran expresiones que se adecuaban bien a esta función. Sin embargo, la adopción de esos términos, como siempre, tuvo consecuencias simbólicas significativas. Los dos rótulos propiciaban una visión del asunto como un conflicto entre el bien y el mal, entre la pureza moral y la corrupción moral, y consideraba a los fiscales héroes populares que, después de haber luchado contra el terrorismo y la Mafia, ahora se enfrentaban al núcleo corrupto de las instituciones políticas. Dentro del espacio limitado de las noticias de televisión o de un artículo de periódico, era mucho más fácil formular esta definición de la situación que dar una explicación más compleja de las causas estructurales de la corrupción política. Además, en su extremada simplificación ("héroes" contra "villanos") respetaba fielmente la estructura formal y el contenido temático de la narrativa popular, que constituye una parte tan importante del discurso de los medios de comunicación, especialmente la televisión.
Otra razón que favorecía la descripción de Tangentópolis en términos morales era la profunda resonancia social y cultural de esta interpretación. Numerosos estudios, desde Almond y Verba (1963) hasta Cartocci (1994), han demostrado que la cultura política italiana se caracteriza por una profunda desconfianza hacia los políticos y los partidos, así como un descontento masivo con el funcionamiento del sistema político y administrativo. En lugar de estimular a los italianos a comprometerse en una acción colectiva, estos sentimientos los han conducido, generalmente, a adoptar una marcada actitud de cinismo con respecto a la política. Sin embargo, a comienzos del decenio de los '90, diversos factores, como la carga cada vez más pesada de los impuestos, especialmente en las regiones del norte del país, la inquietud creciente sobre la gravedad de la crisis económica y la ineficiencia del Estado en la lucha contra el crimen organizado, crearon una atmósfera más favorable a la expresión política de esta hostilidad hacia los partidos tradicionales, como lo demostró el éxito de la Liga Norte y la derrota de la coalición gubernamental en las elecciones de abril de 1992. No cabe duda de que, en esta situación, los medios de comunicación entendieron claramente que las acusaciones de inmoralidad e ineficiencia de la vieja élite política tocaba un sentimiento profundo de la opinión pública.
Sin embargo, otra de las razones por las que este marco interpretativo fue adoptado para Tangentópolis se encuentra, desde luego, en los beneficios que significaba para la propia prensa. Ya hemos mencionado el proceso de comercialización del sistema de información que se había desarrollado en los años anteriores al escándalo. Una de sus consecuencias fue la creciente autonomía de la prensa y el desarrollo de una actitud más crítica e independiente entre los periodistas. Como he señalado, esta actitud se encontraba en la base de la amplia cobertura que la prensa dio a Tangentópolis. Sin embargo, quisiera sugerir que también se encontraba en la base de la adopción del marco dentro del cual se interpretó Tangentópolis esencialmente como un asunto moral. ¿Qué mejor manera tenía, de hecho, la prensa para señalar su propia distancia e independencia frente a quienes habían ejercido el control que enfatizar sus fechorías y proclamar el advenimiento de una nueva élite política no manchada por la corrupción (especialmente cuando esto se podía hacer sin temor a represalias, dado que el poder de la vieja élite política se desvanecía a ojos vista día a día a medida que se revelaba la magnitud del escándalo)?
Aunque resulte difícil medir el impacto de la actitud adoptada por los medios de comunicación, es evidente que desempeñó un papel fundamental en el desarrollo del caso Tangentópolis. En primer lugar, el constante apoyo dado por los periódicos y la televisión a los procuradores de Milán los volvió virtualmente invulnerables a las acusaciones de sesgo y de prejuicios que les lanzaban los políticos implicados y, a diferencia de lo que había sucedido normalmente en el pasado, permitía que la investigación judicial siguiera adelante sin impedimentos. En segundo lugar, la adopción por parte de la prensa de una definición unívoca de la situación saturó rápidamente el espacio público. Una vez que el "caso Baggina" se transformó en "Tangentópolis", su significado cristalizó definitivamente, y ninguna lectura de estos acontecimientos que fuera algo menos que o diferente de la deslegitimización sustancial del sistema político tenía posibilidades de trascender.
Es evidente que con esto no pretendo decir que la representación colectiva de Tangentópolis fue fríamente fabricada por los medios de comunicación e impuesta desde fuera a la opinión pública. La relación causal entre los medios de comunicación y la opinión pública nunca es unívoca, especialmente en los casos de crisis social y rápido cambio político. El proceso es más bien el de una espiral en el que las percepciones de la situación de los medios de comunicación y de la gente se refuerzan mútuamente. En este proceso, una vez que un marco ha sido confirmado y consolidado, se ignora otros marcos alternativos y se les excluye de la esfera pública (Noelle Neumann, 1993).
En este caso, el último paso en la
construcción social del significado de Tangentópolis
fue la emisión televisada del juicio Cusani.
Los rótulos
A fines de 1993 y comienzos de 1994, millones de telespectadores italianos fueron testigos de una puesta en escena sumamente inhabitual. Durante tres meses, la RAI 3, una de las cadenas públicas, transmitió el juicio Cusani14 en horario de máxima audiencia. El primero y el más grande de los procesos por corrupción, que emanó de las investigaciones judiciales de la operación "Manos Limpias", mostraba a algunos de los más importantes dirigentes políticos italianos (ex primeros ministros, ex ministros y dirigentes de todos los partidos de gobierno) confesando haber recibido ilegalmente grandes sumas de dinero de manos de importantes empresas públicas y privadas para financiar sus partidos y sus campañas electorales personales. A pesar de que los políticos lo negaron, creció la sospecha entre los telespectadores, más tarde confirmada, de que en algunos casos una parte importante de estos fondos había acabado en los bolsillos de los acusados y no en las arcas de los partidos. La emisión tuvo un gran éxito de audiencia. A pesar de la competencia de los espectáculos de otras cadenas de televisión, algunas noches fue visto por más de cuatro millones de espectadores y tuvo un "share" de hasta 16%, cifra que normalmente suelen alcanzar sólo los grandes acontecimientos deportivos o los programas de entretenimiento popular.
El hecho de que un político tenga que presentarse como acusado ante un tribunal acusado de delitos cometidos en el ejercicio de su cargo es en sí mismo una experiencia estigmatizante. Pero las emisiones de televisión magnificaron el estigma y transformaron el juicio en una ceremonia de degradación pública (Garfinkel, 1956).15 Esto ocurrió esencialmente de dos maneras.
En primer lugar, la transmisión televisiva del juicio destruyó el áurea de respeto y deferencia que rodeaba a los políticos importantes, un áurea que provenía fundamentalmente del control de su imagen pública. Las cámaras de televisión que mostraban primeros planos y enfocaban detalles sometieron a los acusados a todas las miradas indiscretas e insidiosas a las que se puede exponer un cuerpo escrutado desde cerca. La aprehensión, la ansiedad o la ira reveladas por una agitación nerviosa de los dedos, por un leve sudor en la frente, por un tic facial recurrente o por la acumulación de saliva en las comisuras de los labios, eran más visibles para los telespectadores que para cualquiera de los presentes en la sala. Para los telespectadores, estos signos de nerviosismo, que marcaron los momentos más difíciles de la interrogación, eran más importantes como signos de culpabilidad que la argumentación que se exponía en la sala del tribunal.
En segundo lugar, el tenor de la argumentación se vio influido por el hecho de que el juicio se había convertido en un acontecimiento de los medios de comunicación. Fiscales, abogados y acusados eran conscientes de que el debate estaba teniendo lugar no únicamente ante la pequeña audiencia del tribunal sino ante millones de telespectadores, ante todo un país. A esta audiencia no le interesaban los aspectos legales del caso que, por lo demás, eran difíciles de comprender para los legos, sino en los asuntos morales que evocaba. Para los políticos implicados, lo que estaba en juego en el juicio no era únicamente y quizá no principalmente su responsabilidad legal, sino su credibilidad, su dignidad, su honor personal y político, en una palabra, su 'cara'16. Por estas razones, uno de los temas centrales del juicio llegó a ser la definición moral (como algo diferente de la definición estrictamente legal) de los hechos. Los políticos sostuvieron enérgicamente que estos hechos eran marginales, aunque desagradables, que eran una parte normal de la rutina de la vida política y, como tal, no dañaban su condición de líderes. Pero para la acusación, el caso en cuestión, que era una instancia de corrupción técnicamente no diferente de otros episodios que habían ocurrido en el pasado, se transformó en algo emblemático de la profunda inmoralidad de todo un orden político. Es evidente que, dada la construcción social que se había hecho del escándalo, esta última definición predominó claramente entre la opinión pública. Al final del juicio, los políticos llevados ante el tribunal, independientemente de su responsabilidad legal, fueron desacreditados como sujetos morales y, por lo tanto, descalificados para cualquier posterior participación en la vida política.
Así, el juicio Cusani recapituló y
simbólicamente estampó un sello sobre
Tangentópolis. Tuvo una doble función. Por un lado, la
degradación de los culpables y la purificación ritual
de la sociedad. Por otro, la confirmación de que la
élite política gobernante estaba podrida hasta la
médula y no podía redimirse. Además, expresaba
necesariamente el principio de que incluso los más poderosos
políticos estaban sometidos al imperio de la ley, y de que la
sociedad era capaz de descubrir, perseguir y extirpar el mal
existente en la comunidad.
Conclusiones
En este artículo, he destacado claramente el papel desempeñado por los medios de comunicación en la construcción social de Tangentópolis. Sin la cobertura que dieron a este asunto, el escándalo habría tenido una dimensión mucho más limitada, y sin la transmisión televisiva del proceso Cusani, el abandono del escenario político de toda una élite gobernante probablemente habría sido mucho más lenta y difícil. Es evidente que esto no significa que los medios de comunicación por sí solos podrían haber provocado este proceso de deslegitimización que, después de cuarenta años de estabilidad, ha cambiado tan drásticamente el panorama político italiano. Había otros factores cruciales, desde el colapso de los regímenes de Europa del Este, que invalidó a partidos como la DC y el PSI, que se proclamaban como un baluarte contra los peligros del comunismo, hasta el agravamiento de la crisis económica, pasando por la debilidad intrínseca de los partidos en Italia, hasta la movilización de las contraélites entre las esferas políticas, sociales e incluso religiosas (el Cardenal de Milán y otras figuras destacadas de la Iglesia católica censuraron severamente y en repetidas ocasiones a los políticos culpables de corrupción, especialmente a los que pertenecían a la DC, el partido apoyado por la jerarquía eclesiástica).
Sin embargo, los medios de comunicación de masa tuvieron una función esencial en la modelación de la representación social del escándalo y en convertir a Tangentópolis en una cruzada moral. Durante unos dos años, los debates públicos en Italia se concentraron en el tema de la corrupción política, y esto fue crucial para definir los resultados de abril de 1994. En la atmósfera de desconfianza generalizada hacia la integridad moral de toda la clase política que los medios de comunicación ayudaron a crear, el contraste entre corrupción y honestidad se transformó con facilidad en un contraste entre "viejo" y "nuevo", lo cual favoreció al partido de Berlusconi, Forza Italia, creado a sólo escasas semanas de las elecciones.
En retrospectiva, puede parecer que la imagen de Tangentópolis ofrecida por los medios de comunicación era exagerada y unívoca, hasta el punto de convertirse en una especie de caza de brujas. Esto es, en parte, verdad. Algunos sectores de la prensa atacaron a los políticos indiscriminadamente, sin establecer diferencias entre los corruptos y los no corruptos. Además, como he señalado, los medios de comunicación no se molestaron en arrojar luz sobre los factores estructurales que favorecían la corrupción y optaron por concentrarse casi exclusivamente en la falta de ética profesional de los políticos. Finalmente, el fenómeno fue considerado demasiado a menudo como un rasgo peculiar de los italianos, como un síntoma de la crisis del país, y al público no se le informó que durante estos mismos años el problema de la corrupción política se había agravado profundamente en muchas otras democracias europeas. Sin embargo, a pesar de estas reservas, la prensa en su conjunto cumplió una función sumamente positiva al informar a la opinión pública del carácter generalizado de la corrupción política y en promover un clima más favorable que en el pasado para llevar a cabo las reformas legales y administrativas que pusieran fin a este fenómeno.
Como he sugerido en repetidas ocasiones, uno de los factores determinantes de la atención que los medios de comunicación prestaron a Tangentópolis fue su comercialización, lo cual los volvió más inquisidores y agresivos con el poder político que en el pasado. El principio es evidente: sólo las noticias de los periódicos y las televisiones que son independientes del poder político pueden criticarlo. Como han señalado los dos editores de una reciente colección de artículos sobre la corrupción política (Della Porta y Mény, 1995, 4), la independencia de los medios de comunicación es esencial para crear un círculo virtuoso en la prensa, en la opinión pública, en la clase política y entre los jueces, por oposición a los circulos viciosos que produce la corrupción.
Sin embargo, para terminar este artículo debemos destacar que la comercialización favorece la independencia de los medios de comunicación sólo cuando se produce dentro de un marco regulador que garantiza un verdadero pluralismo de la información. Porque las fuerzas del mercado por sí mismas tienden a fomentar la concentración de la propiedad y el control de los medios de comunicación en unos pocos grandes conglomerados económicos. Esto constituye un peligro evidente para la libertad de la prensa y la televisión porque implica la supresión de voces minoritarias o disidentes y la dominación de los monopolios u oligopolios.
Los recientes acontecimientos en Italia ilustran con claridad esta idea. En ausencia de una legislación antimonopólica adecuada, Silvio Berlusconi pudo construir un inmenso imperio multimedia que facilitó en gran parte su entrada al ruedo político y su victoria en las elecciones de 1994. Una vez en el poder, la ausencia de normas que obliguen a los políticos con intereses empresariales a romper los vínculos directos e indirectos con dichos intereses, le permitió explotar sus redes informativas para apoyar su acción política. El cambio radical de posición de los programas informativos de Fininvest sobre la corrupción política fue particularmente revelador. Si bien habían defendido a brazo partido a los fiscales de Milán hasta el juicio de Cusani, empezaron a atacarlos ferozmente (y a toda la investigación llevada a cabo por "Manos Limpias") cuando empezaron a investigar al propio Berlusconi por actos de corrupción supuestamente cometidos durante su anterior carrera como empresario. En una situación como ésa, no es el poder político el que aplasta al poder judicial y a los medios de comunicación sino más bien el poder de los medios el que condiciona profundamente los procesos políticos y judiciales. El resultado, no obstante, es el mismo, a saber, una falta de separación entre el dominio de la política, el sistema judicial y los medios de comunicación, lo cual representa una seria amenaza al adecuado funcionamiento de un sistema democrático.
Traducido del inglés
Notas
1. Un decreto del gobierno sujeto a aprobación del Parlamento en un plazo de sesenta días.
2. La saturación es el efecto combinado de la prominencia y la continuidad dedicadas a un tema noticioso (Lang y Lang, 1983, 49). La prominencia, tal como está tratada aquí, significa una figuración en primera página; la continuidad requiere que se manifiesta dicha prominencia durante al menos cuatro días consecutivos.
3. El alcance de la cobertura se mide en minutos, con un promedio de media hora de duración para un programa de noticias.
4. Desde luego, la prensa no ignoraba la corrupción política en el pasado (ver, por ejemplo, Cazzola, 1988, pp. 57-109). Pero sólo algunos diarios y publicaciones semanales le prestaban atención, mientras que Tangentópolis fue cubierta por todos los medios informativos.
5. Para una descripción de estos casos, ver De Luca y Giustolisi (1993).
6. En años recientes, la noción de marco se ha convertido en un concepto básico en el análisis sociológico de los medios de comunicación. Una de las mejores definiciones de este concepto es la de Gitlin (1980, 7): "Los marcos de los medios de comunicación son modelos persistentes de cognición, interpretación y presentación, de selección, énfasis y exclusión, por los cuales quienes manejan símbolos organizan rutinariamente el discurso, ya sea verbal o visual".
7. Las citas corresponden a Il Corriere della Sera, 7 de mayo, 1992.
8. Editorial de Il Corriere della Sera, 28 de junio, 1992.
9. Editorial de Il Corriere della Sera, 7 de febrero, 1993.
10. Il Corriere della Sera, 14 de febrero, 1993.
11. El Partido Republicano, un pequeño partido que expresaba la posición política de la clase media alta liberal.
12. Il Corriere della Sera, 14 de febrero, 1993.
13. Como señalan Gamson y Modigliani (1989, 3), no debería confundirse un marco con una posición concreta sobre un tema: "habitualmente implica una gama de posiciones, más que una sola posición, y admite un cierto grado de polémica entre quienes comparten un marco común".
14. El acusado en el juicio era Sergio Cusani, un empresario milanés que había actuado como intermediario entre Montedison y numerosos dirigentes políticos. Desde un punto de vista técnico, los políticos no eran ni acusados ni testigos en este juicio. De acuerdo a la terminología legal italiana, eran "imputati di reato connesso", es decir acusados por delitos que debían ser juzgados en otros juicios relacionados con el juicio Cusani. Las vistas del juicio eran transmitidas dos veces por semana poco después de que se celebraban. Sin embargo, algunas de las vistas más importantes, como la interrogación de Bettino Craxi, fueron transmitidas en vivo.
15. Para un análisis del juicio Cusani como ceremonia de degradación, ver Giglioli, 1996 y Giglioli et al.. 1996.
16. Sobre el concepto de cara, ver
Goffman, 1967.
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Nota
biográfica
Pier Paolo Giglioli es profesor de
Sociología de la cultura en la Universidad de Boloña,
Via Toffano, 2, 40125, Boloña, Italia. Sus actuales trabajos
de investigación giran en torno a la dimensión
simbólica de la política. Sus obras más
recientes son Rituale, interazione e vita quotidiana (1991) y (en
colaboración con G. Fele y S. Cavicchioli) I codici culturali
della degradazione. Anatomia del processo Cusani (en
prensa).
http://www.unesco.org/issj/rics149/149giglioli.htm#lac.
10 de avril de 1998