La perpetuidad en el poder
Desde tiempos inmemoriales, la reelección ha sido la justificación que han esgrimido —y siguen esgrimiendo— los gobernantes para eternizarse en el poder. Y muchas veces, como ha experimentado Latinoamérica innumerablemente, desemboca en más problemas que soluciones, entre ellos, el autoritanismo, con graves consecuencias para los estamentos del país.

Tiempos del Mundo -5 de Marzo de 2004


El poder tienta. Por lo tanto, la perspectiva de ejercerlo durante un período prolongado también. En América Latina, que procede de una tradición caudillista desde la independencia, la tentación recurrente de prolongarse en el poder viene de la mano con el personalismo.

Con el personalismo viene también el autoritarismo, otro componente del folklore político latinoamericano, que nunca ha podido declararse oficialmente erradicado, no obstante que desde hace una década y media toda la región, excepto Cuba, vive formalmente en democracia.

La reelección ha obsesionado a los presidentes latinoamericanos desde tiempos inmemoriales y ha hecho correr mucha tinta, y a veces sangre. En ciertos casos, también ha hecho ‘correr’ a opositores fuera del país. En el México de la década de los 1910, la Revolución implicó una guerra civil que, entre otras razones, esgrimió el lema ‘Sufragio efectivo-No a la reelección’, que aún hoy se estampa en los documentos oficiales. Sólo que por 70 años, en lugar de ser reelegidos los presidentes, fue reelegido permanentemente un partido…que manejaba todos los recursos del Estado.

Cada tanto parece que los ánimos reeleccionistas se extinguen, pero sólo para volver nuevamente. Luego de dictaduras ‘electas y reelectas’ como la de Alfredo Stroessner en Paraguay (ocho reelecciones continuas, 1954-1989) o gobiernos más cercanos al autoritarismo que a la democracia como el de Alberto Fujimori en Perú, América Latina parece escarmentar. Las reelecciones mañosas pasan a ser consideradas en la conciencia regional como un mecanismo inconveniente y una modalidad que trae más problemas que soluciones.

Pero luego aparecen presidentes proclives a hablar de sí mismos como las únicas soluciones, para quejarse de la “falta de oposición organizada y con propuestas” o de que “se pondrá en riesgo la exitosa política del gobierno si no se permite la reelección”, cuando no se hacen metafísicas alusiones a la ‘auténtica voluntad del pueblo’.

Y siempre existirá un sector de población que se comprará el argumento. Un argumento asociado con la creencia de que la modificación de las constituciones de acuerdo con las conveniencias políticas del momento no es un hecho malo, sino de una ‘gran practicidad’. Total, para muchos, son hojas de papel que no siempre son tomadas al pie de la letra. ¿O acaso la Constitución de Haití, el primer país independiente de América luego de Estados Unidos, no tuvo modelos de constituciones progresistas de lo más avanzado? Y no una ni dos, sino ¡24! en menos de 200 años.

Las reglas de juego

El tema que está en el centro de esta cuestión es el de la estabilidad de las reglas de juego, requisito indispensable para que las personas e instituciones puedan planificar sus actividades, progresar y saber a qué atenerse. Los países desarrollados son lo que son no porque tengan gobernantes perpetuos, sino porque tienen instituciones fuertes y balance de poderes en democracia, y las políticas se deciden tomando en cuenta los diversos intereses presentes en la sociedad. Eso permite la continuidad de las políticas (no de los gobernantes) y es lo que hace que Estados Unidos, Inglaterra o Francia vayan hacia su futuro con estabilidad y previsibilidad y no a los tumbos como ocurre con América Latina.

Curiosamente, las manías de reelección manipulativa tienen su contracara en zafarranchos de retirada alocada provocada por verdaderos ‘golpes civiles’ (a veces del ‘establishment’, a veces del ‘antiestablishment’) de gobiernos que no pueden concluir su mandato. Son los recientes casos de Fernando de La Rúa, en Argentina; Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia; Abdalá Bucaram, en Ecuador; o Fujimori mismo en Perú.

Los argumentos en contra de las reelecciones mañosas son claros para cualquier analista político y la oposición. Pero nunca para sus beneficiarios, que recurren a los razonamientos más abstrusos para justificarlas. En Argentina, el presidente Carlos Menem impulsó como razón para promover su segunda (y fallida) reelección, la idea de que, al no serle posible presentarse a una elección en 2000, estaba injustamente “proscripto”. Fujimori trató de imponer con sus parlamentarios una “interpretación auténtica”, a todas luces ilógica, de su nueva Constitución, para conseguir un tercer período.

Un mandatario que está mucho tiempo en el poder se burocratiza, pierde eficacia, comienza a desarrollar favoritismos y adopta mecanismos inerciales para limitar cuestionamientos a su autoridad, enturbiándose así la transparencia de las decisiones.

Por supuesto, las reelecciones por sí mismas no son malas y son un mecanismo institucional válido. El problema sobreviene cuando son ilimitadas (porque quien está mucho tiempo en el poder tiene los mecanismos para jugar cada vez más ‘con las cartas marcadas’). O cuando son efectuadas por iniciativa del propio beneficiario. En este último caso, porque implican un cambio de reglas de juego motivado por una coyuntura que envía un desafortunado mensaje: las bases institucionales de un país pueden cambiarse por conveniencias del momento, en cualquier momento.

Así, sufre la previsibilidad, la estabilidad jurídica y el equilibrio político. A quien le parezca que esto sea una abstracción podría imaginarse un partido de fútbol en el cual uno de los equipos tiene poder sobre el árbitro para hacerle cambiar las reglas en cualquier momento. ¿Sería un partido justo?

Reeleccionismo

No hay un actualmente “movimiento reeleccionista” generalizado en América Latina, pero sí hay algunas situaciones puntuales que merecen análisis. Está el caso del presidente venezolano, Hugo Chávez, que manifiesta que quiere quedarse, reelecciones mediante, hasta el 2012. Un caso menos conocido es el del mandatario dominicano Hipólito Mejía, quien ya reformó la Constitución hace dos años para posibilitar su reelección. En Colombia, el popular Álvaro Uribe guarda silencio sobre una posible reelección, para la cual deberá reformar la Constitución, pero es evidente que él y su grupo están promoviendo esta reforma por todos los medios.

Otros dos casos, que no trataremos aquí, podemos rotularlos dentro de circunstancias especiales. En México, el de un presidente Vicente Fox que aparentemente podría promover la candidatura de su propia mujer, Marta Sahagún, para el próximo sexenio. En la infortunada Haití, existía la situación del recientemente renunciante presidente Jean-Bertrand Aristide, quien si bien ocupó el gobierno en dos periodos no consecutivos, sí maniobró para colocar a un hombre suyo en un interludio, quien se limitaba a cumplir sus órdenes. El ex sacerdote católico no vio ninguna contradicción entre el uso del fraude y la violencia y su autodefinición como presidente democrático para lograr este cuasi-continuismo.

¿Un debate regional?

Pese a la integración política y económica de la que mucho se habla en América Latina y poco se hace, sería bueno que así como se discuten normas y procedimientos económicos o jurídicos uniformes o multilaterales, algún día se debatieran a nivel regional temas como las reelecciones presidenciales y otras cuestiones institucionales.

Naturalmente, se trata de una cuestión profundamente vinculada con las circunstancias concretas de cada país. Es un tema que hace a constituciones internas y soberanía nacional. Pero, ¿no será posible que la clase política y opinión pública latinoamericana pudieran demostrar madurez para debatir y establecer la deseabilidad de poner punto final a estos temas de eternas reformas y contrarreformas para el continuismo de mandatarios?

¿Podría establecerse como una meta deseable que los países de la región se comprometieran a impulsar mandatos y reelecciones uniformes (períodos de cuatro años con una sola reelección consecutiva, por ejemplo)? Todo esto, para que nunca más se hable del tema y quienes quieran “vender” las reelecciones mañosas como “necesarias” queden al menos en evidencia como meros ansiosos de continuismo antidemocrático. R.H.I. 

Roberto H. Iglesias


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