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Los atentados del terrorismo
fundamentalista en Buenos Aires, en los EE.UU., en Irak y
Pakistán, y el que acaba de tener lugar en
España, no reparan en que mueren víctimas
inocentes ni tampoco en la opinión pública.
Dos características destacan la acción
terrorista a comienzos del siglo XXI: el suicidio como arma
y el magnicidio.
La primera pone a la
civilización frente a un desafío
inédito. Hay que remontarse a las montañas de
Siria e Irak en la época de las cruzadas, para
encontrar un antecedente del suicidio sistemático
como arma, el que era practicado por una secta ismaelita,
tanto contra árabes como cruzados. Estudios
recientes, realizados entre los adolescentes palestinos de
12 años que habitan la Franja de Gaza, señalan
que uno de cada cuatro está dispuesto a ser un
terrorista suicida y ello muestra que las vocaciones para
este trágico destino, están lejos de
disminuir. Es difícil contener a quien está
alimentado por el odio y además cree que su
acción terrorista suicida lo llevará al cielo
para toda la vida.
La segunda, muestra que el
terrorismo ya no se centra en una víctima
simbólica específica, como un gobernante, un
político o un dirigente social o sobre organizaciones
del Estado como las Fuerzas Armadas o la policía,
sino que apunta a generar decenas, centenares o miles de
víctimas colectivas, las que no tienen ningún
nexo causal de tipo personal con el motivo del terrorismo.
Los atentados del terrorismo fundamentalista en Buenos Aires
en los años noventa, los del 11 de septiembre de 2001
en los Estados Unidos, los que recientemente han producido
centenares de víctimas en Irak y Pakistán y el
que acaba de tener lugar en España, no reparan en que
mueren víctimas inocentes ni tampoco en la
opinión pública. No hay una racionalidad, en
cuanto al uso de la violencia, como sucedía con el
anarquismo a fines del siglo XIX o el marxismo
revolucionario en el siglo XX, que buscaban destruir al
estado o en el segundo caso hacerlo en su forma
"burguesa".
Pero el gran riesgo que
presenta el terrorismo en el siglo XXI, es la
combinación de ambas características -el
suicidio y el magnicidio- con las armas de
destrucción masiva que la tecnología ha
generado en los últimos tiempos. La posibilidad de
que atentados como los mencionados, se realicen utilizando
armas de destrucción masiva, nucleares,
químicas o biológicas, ponen a la humanidad
frente a un desafío sin precedentes.
Le ha tocado a España
ser víctima ahora del terrorismo
magnicida.
El estudio del único
fenómeno histórico que se le asemeja -la
mencionada secta de los "asesinos" ismaelitas de la
época de las cruzadas- mostró como experiencia
histórica que llevó mucho tiempo derrotarlo,
pero también que finalmente la lógica del
terror no puede vencer más allá de su
afán destructivo.
por Rosendo Fraga
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