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Los psicoanalistas dicen que los
maníacos-depresivos caen en picos de depresión
como inesperadamente rebotan a euforias sin razón.
Los argentinos fácilmente podemos reflejarnos en ese
tipo de conductas. Somos los mejores y vivimos en el primer
mundo o somos la peor porquería dando vueltas por
ahí. Nuestro estado de ánimo siempre depende
de estímulos externos. No puede ser de otro modo : es
la condena de permanecer eternamente en la categoría
de mercado emergente -según la óptica
neoliberal- o ser un país dependiente al zigzagueo y
a cambios que se producen en los centros de poder
político, que es la triste realidad.
Por supuesto que el gobierno de
Néstor Kirchner, quien recoge cualquier cosa y desea
transformarlo en positivo para su gestión, no escapa
a esta patología. Una buena parte de la
progresía nacional también actúa con
los mismos reflejos potenciado ahora con el triunfo
electoral del PSOE en España, al que se sumó
el elenco oficial. El giro a la izquierda de la sociedad
española resulta que puede ser positivo para la
Argentina, según esa visión. Nos referimos,
claro está, a los intereses que la Madre Patria tiene
invertidos en nuestro país (40.000 millones de
dólares). Los 'progres' creen que el diálogo
con el grupo Español será distinto y para
mejor. Que desistirán de pedir aumentos de tarifas,
por ejemplo. O que no insistirán en sacar más
ventajas económicas para maximizar utilidades que
luego transferirán a sus casas matrices, es decir a
Madrid. ¿ No se cae en una euforia sin razón ?
A decir verdad, el fundador de esta
agresiva política de inversiones en América
Latina y de apertura de España al mundo fue un
socialista. Felipe González, de él se trata,
fue además el mentor del ingreso a la OTAN de la
España posfranquista y fue erigido como el ejemplo
por parte del liberalismo ortodoxo de lo que debe ser un
socialista moderno, que se adapta a los nuevos tiempos de la
economía de mercado, el Consenso de Washington y la
caída del Muro de Berlín. Diríamos que
fue un alumno aplicado de Reagan y Thatcher en la antesala
del pensamiento único y la globalización.
El giro copernicano de Felipe a fines de
los '80 se asemeja al de Carlos Menem en la Argentina de los
'90, pero con beneficios diferentes para ambos
países. Lo más grave, quizá para la
sensibilidad de la izquierda, es que Felipe
experimentó ese cambio desde el socialismo a un
capitalismo salvaje y hasta explotador en los mercados
emergentes de latinoamérica. Pero, como regía
el Fin de las Ideologías de Francis Fukuyama, todo
estaba permitido. La quema de libros no solo se hace con
fuego.
José María Aznar, el
responsable de la derrota del Partido Popular, siguió
los lineamientos de Felipe en materia de política
exterior y de inversiones. Incluso las profundizó al
abandonar el proyecto de una Europa Continental y aliada a
Francia y Alemania para abrazarse a Londres y Washington. La
riesgosa jugada exterior de Aznar le terminó jugando
una mala pasada a tres días de los comicios :
jugó a la guerra en Irak y ahora los españoles
tienen la guerra en Madrid.
Puede que entre el PP y el PSOE haya
diferencias en políticas domésticas, cosa que
ratifica las promesas de campaña del electo
presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, en
cuya plataforma nada dice qué algo cambiará en
el tratamiento que los inversores españoles nos
dispensan a los argentinos. Y no es objeto de estas
líneas derrumbar la euforia sin razón del
progresismo nacional (seguramente encontrará otros
hechos que alimentará la patología oficial),
aunque la historia entra en riña con aquello de que
nos beneficiamos según qué partido
ideológico gobierne a España, si es de derecha
o de izquierda. Tratándose de intereses
económicos, son lo mismo. Lo mismo vale para los
republicanos o demócratas en los Estados Unidos.
Quizás me anticipe a la euforia irracional que la
'progresía' pueda desatar después de los
comicios norteamericanos.
Para un país considerado en
vías de desarrollo como el nuestro (hay un
sinfín de eufemismos para señalar la
relación de dependencia) la única forma de
beneficiarse es cambiar la relación que hoy nos
abruma entre el centro (Madrid) y la periferia (Argentina),
que nos retrotrae al sistema de monopolio de épocas
coloniales y no con un simple cambio de gobierno como cree
el progresismo. Si no basta con cotejar las inversiones
realizadas por los grupos españoles en una
década con las utilidades que anualmente giran sus
entidades bancarias al centro de poder.
Las conductas de los políticos por
lo general son palmariamente mas ejemplares que las ideas y
las teorías. Tras la caída de la
Convertibilidad, Felipe González realizó
ingentes gestiones a nivel oficial en el entonces gobierno
de Eduardo Duhalde para preservar las inversiones
españolas en la Argentina y pedir aumentos de tarifas
para adaptarlas al nuevo valor dólar.
González, socialista, fue representante de Aznar,
conservador, en la preservación de los intereses
españoles que estuvieron en peligro en ese momento y
también después con la llegada de Kirchner a
la Rosada. El grupo español, con tarifas congeladas,
temía que tuvieran que salir al mercado financiero a
comprar dólares muy caros, con lo cual se
reducía los márgenes de ganancias para girar
al exterior.
Fue sintomático -y todavía
lo es- la puja que se desató en plena gestión
Duhalde entre los sectores de la economía de
servicios y financieros (telefónicas, seguros, aguas,
electricidad) y los exportadores por el precio del
dólar : los exportadores deseaban -y quieren- un
dólar alto para maximizar ganancias y descontar el
impuesto a las retenciones que les aplica el gobierno. La
economía de servicios, que aspira dólares en
el mercado interno y que dejó un tendal de
desocupados, pugna por una divisa a bajo precio.
¿Zapatero nos va a sorprender ? A lo
sumo, como ya anticipó, cambiará la
política exterior española en lo inherente a
Irak (retirará los soldados en tierras
iraquíes). Es un tributo a la opinión
generalizada (90%) de los españoles que se opusieron
al bombardeo y posterior invasión de Bagdad. En
cambio, no hay muchas certezas -si insinuaciones hasta
ahora- en torno a si España abandonará su
alianza exterior con Londres y Washington para retomar el
frente tradicional con Francia y Alemania.
Pero en materia económica y de
intereses en Sudamérica no caben dudas que la
continuidad de las políticas están
garantizadas : se acaba de conocer que el socialismo
triunfante impulsará al popular Rodrigo Rato a la
titularidad del FMI y la multinacional Telefónica
compró la telefonía móvil de Movicom en
toda la región.
La euforia a este estímulo que
contagia a la 'progresía' es irracional si se la
observa desde el punto de vista de los negocios e intereses
españoles en el país.
* Orlando Baratta es periodista. Se
desempeñó en Editorial Perfil. Actualmente es
columnista en el programa "Tendencias", en radio
Splendid.
Por Orlando Baratta
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