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Aunque cada vez hay
más mujeres en puestos de liderazgo en nuestro
hemisferio, ciertamente su número permanece bastante
bajo y lejos de los alcances conseguidos en otros
ámbitos sociales. Esta conclusión, que data de
1997, llevó a la Conferencia de las Américas
sobre el Liderazgo de la Mujer (Wlca por sus siglas en
inglés) a que se propusiera como meta el propiciar
las condiciones que permitieran incrementar la presencia y
aporte de las mujeres en los cargos de responsabilidad,
fomentar los cambios institucionales y políticas
públicas que otorgaran mayores oportunidades a este
sector de la población y fomentar iniciativas de
carácter no gubernamental que potenciaran la igualdad
de la mujer y facilitaran su acceso a las instancias de
decisión.
Sin embargo, casi siete
años después, son evidentes los
obstáculos en el camino. La investigadora noruega
Drude Dalherup ha identificado una gran cantidad de
situaciones problemáticas que deben enfrentar las
mujeres que están en minoría en una
organización con mayoría masculina. La
principal, podríamos señalar, es la alta
exposición a la crítica. Asimismo, las mujeres
en cargos públicos suelen ser consideradas como
representantes de todas las mujeres y, por tanto, cuando
cometen un error, suele generalizarse.
Cuota
representativa
Otro problema es que la
mayor parte de las decisiones y negociaciones se toman entre
los hombres, cuyos lazos informales se basan precisamente en
que son varones y comparten espacios, intereses, gustos,
aficiones y amistades.
Las mujeres, además,
no solo deben cumplir muchas veces con su rol de esposa y
madre, sino también demostrar en todo momento su
competencia para poder ser aceptada. A pesar de estas
dificultades, cada día son más las que desean
participar en política para demostrar que pueden ser
una minoría muy crítica y eficiente. Y es que
si bien las mujeres representan alrededor del 50 por ciento
de la población mundial, en ningún país
del orbe cuentan con semejante participación en la
vida pública. Solo para citar un ejemplo, los
congresos: De acuerdo con la Unión
Interparlamentaria, únicamente los de Ruanda y Suecia
superan el 40 por ciento de representación femenina
(48,8 por ciento y 45,3 por ciento respectivamente). En
América Latina, el primer lugar lo ocupa Cuba (36 por
ciento), seguido de Costa Rica (35,1).
La entrada en vigor de la
ley de cuotas en algunos países de la región
ayudó a que las cifras de mujeres en la
gestión pública aumentara, pero si echamos
para atrás unos 35 años, el porcentaje si
acaso llegaba a un ocho por ciento. Argentina fue el pionero
en establecer la ley de cuotas en 1991, a partir de
ahí otros 13 países lo hicieron, entre los que
figuran México, Costa Rica, Venezuela, Guatemala,
República Dominicana y Honduras.
Garantizando
oportunidades
La doctora en ciencias
sociales Jacqueline Peschard sostiene en una
investigación sobre el sistema de cuotas en
América Latina, que no es suficiente que exista
un sistema democrático, e incluso una
tradición democrática, para garantizar mejores
oportunidades para las mujeres, como sucede con los
casos de Chile y Uruguay, que no contemplan las cuotas
dentro de su legislación y mantienen una escasa
participación femenina en sus congresos.
Adicionalmente, puede afirmarse que la existencia de
una cultura política democrática entre las
propias élites, tampoco se traduce inmediatamente en
una cultura de equidad.
De hecho, en Uruguay se
discutió el asunto de las cuotas en 1998, pero los
legisladores las rechazaron por considerarlas
inconstitucionales dado que contravenían el trato
igualitario entre sexos, además de que resultaba
conveniente que las mujeres se ganaran por sus propios
méritos los cargos de elección.
La primera uruguaya en un
equipo de gobierno fue Alba Roballo, llamada a
desempeñarse como ministra de Educación y
Cultura en 1968, a treinta años exactos de que la
Constitución les extendiera el derecho al voto. Sin
embargo, la representación de las mujeres en la
política de este país ha sido tan
esporádica, que en los ámbitos legislativos y
con un crecimiento al ritmo de los años precedentes,
habría que esperar al 2070 para ver la paridad entre
hombres y mujeres.
Por períodos enteros,
en la Cámara de Senadores (30 integrantes) no ha
habido representación femenina, que es más
frecuente, pero todavía escasea en la Cámara
de Diputados (99 miembros), donde entre titulares y
suplentes tiene participación una decena de
legisladoras. Éstas integran un bloque que trabaja
con dedicación y entusiasmo y que pasa por encima de
las barreras partidarias a la hora de plantear cuestiones de
género.
Nueva iniciativa
proporcional
Se ha presentado un proyecto
de ley que propone que toda lista de candidatos que se
presente a un acto electoral (nacional, municipal o
partidario) no podrá contener más de 70 por
ciento de integrantes del mismo sexo. Si bien el
devenir histórico nos demuestra que las instituciones
del Estado han sido consolidadas desde la perspectiva del
género masculino, la evolución
histórica y social del papel de la mujer conduce a
variar también su participación en los
ámbitos de decisión que en ese Estado se
generan e interaccionan, dice la exposición de
motivos de la iniciativa, presentada en 2002 y no sometida
aún a consideración de los órganos
legislativos. Ese texto subraya que la incapacidad de
integrar en el ámbito de la democracia representativa
a la mitad de los ciudadanos, es una de las contradicciones
más claras de la democracia, y reclama una
participación femenina proporcional a su peso
efectivo en la población.
En Chile, aunque las cifras
indican que aún la participación de las
mujeres en la administración pública no
alcanza un real equilibrio con los hombres, en la
última década éstas se han integrado
plenamente a los equipos de gobierno, en especial al del
Presidente Ricardo Lagos. El mandatario designó en
los Ministerios de Relaciones Exteriores y de Defensa
Nacional a Soledad Alvear y Michelle Bachelet,
respectivamente, las mismas que hoy, por su
formación, desempeño, capacidad y
carácter, se empinan en las encuestas como probables
candidatas a la Presidencia de la República para el
período 2006-2012.
Pese a lo radical de la
decisión de Lagos, quien por primera vez en la
historia del país designó a mujeres en dichas
Secretarías de Estado, la ciudadanía
recibió favorablemente a las ministras, olvidando el
halo machista que caracteriza a la tradicional sociedad
chilena.
Cargos de
confianza
En el gabinete conformado
por un total de 17 ministros, el mandatario incluyó a
una tercera mujer, la titular de la cartera de Desarrollo y
Planificación Social, Cecilia Pérez,
así como a seis subsecretarias y 19 jefas de otras
reparticiones públicas. En total, ellas representan
el 25 por ciento relativo de los cargos de confianza del
Presidente de la República. A las féminas
cercanas al Jefe de Estado se suman una ministra y una
fiscal de la Corte Suprema y siete presidentas de la Corte
de Apelaciones. A nivel de administración local, 42
de los 341 municipios del país cuentan con una
alcaldesa, y 308 de los 1.783 cargos de concejal son
ocupados por mujeres
Si bien aquellas que se
desempeñan en cargos de poder y decisión
pública representan un avance sustancial en el
intento por eliminar la desigualdad de género en el
país, la participación real de la mujer en
algunas áreas productivas, como la minería,
agricultura, transporte y construcción, es
mínima o inexistente. Actualmente 35 por ciento de la
fuerza laboral femenina se concentra en el sector
servicios.
En la actualidad, solo dos
(4,3 por ciento) de los 48 escaños del Senado son
ocupados por mujeres y, en la Cámara de Diputados 15
(12,5 por ciento) de 120. Según las
estadísticas sobre género elaboradas por la
Organización de Naciones Unidas (ONU), la
representación femenina en el Senado chileno
está por debajo del promedio mundial, que alcanza 9,8
por ciento, mientras que en la Cámara de Diputados,
el guarismo supera levemente el 12 por ciento
internacional.
Región de
contradicciones
Centroamérica es una
región pobre, agobiada por los desastres naturales y
hasta por sus políticos. Si hubiese que calificar sus
sociedades, no cabría más calificativo que el
de machistas. Sin embargo, dos mujeres han tenido la
oportunidad de ocupar el más alto cargo
público, la Presidencia de la República:
Violeta Barrios en Nicaragua y Mireya Moscoso en
Panamá, convirtiéndose así en las
únicas mujeres que han ganado un proceso electoral
para alcanzar el poder. Las otras dos mujeres que han
ocupado la jefatura de Estado, Isabel Perón en
Argentina (1974-76) y Lidia Gueiler de Bolivia (1979-80), no
fueron electas.
En el caso
nicaragüense, la participación de las mujeres
quienes representan un 52 por ciento de la
población total del país en los niveles
decisorios de los poderes del Estado ha crecido en las
últimas dos décadas a un ritmo muy moderado,
pero todavía gozan de menos cargos en la
dirección de los poderes ejecutivo, legislativo,
judicial, electoral, así como en los gobiernos
municipales, departamentales y regionales.
Es a partir del surgimiento
de la revolución sandinista en los años
ochenta que el poder político comienza a ceder
espacios a las mujeres y otorgado altos cargos de
dirección en las diferentes estructuras. Por primera
vez en la historia moderna una mujer ocupa la
vicepresidencia de la Asamblea Nacional y también la
jefatura de la policía. Las mujeres durante ese
régimen de izquierda coparon puestos de ministro y de
embajadores.
La era de la
participación femenina
En 1990, Violeta Barrios de
Chamorro fue elegida la primera mujer presidenta de
Nicaragua, lo que dio comienzo a una era de mayor
participación femenina y mayor lucha de ese sector
por acrecentar los niveles de participación en las
decisiones del Estado.
Hubo un momento en aquella
década cuando tres mujeres ocuparon cargos en los
principales poderes de Estado. Chamorro del ejecutivo; la
conservadora Miriam Argüello, del poder legislativo; y
la disidente sandinista Rosa Marina Zelaya, del electoral.
Aunque el poder judicial era dirigido por un hombre,
tenía y sigue teniendo un alto componente de jueces
mujeres.
Actualmente, una mujer
magistrada disputa la presidencia de la Corte Suprema de
Justicia, cuya elección se ha atrasado por falta de
consensos entre los dos principales partidos, el Frente
Sandinista y el Liberal Constitucionalista, que dominan ese
poder del Estado.
El caso de Guatemala es
dramático, pues a las pocas mujeres que ejercen
cargos públicos hay que añadirles su
raquítica participación en actividades
públicas. La falta de información, la ausencia
de una campaña de sensibilización para ejercer
su derecho a votar y ser electas y de documentos de
identificación, han impedido el acceso de las mujeres
guatemaltecas a los procesos electorales.
Los mismos partidos
políticos las minimizan por considerar que
éstas no tienen la capacidad para ejercer cargos
importantes. Son vistas, en el mejor de los casos, como un
botín generador de votos.
Según
información de Mujeres Latinoamericanas en Cifras, en
1945 se otorgó por vez primera el derecho al voto a
las mujeres de Guatemala, pero se excluyó a las
analfabetas. Veinte años después, en 1965, se
extendió el voto a todas las mujeres sin
distinción.
La participación de
las mujeres en la vida política de este país
ha sido baja. Se estima que en los años 50
representaban el 35 por ciento de los registros electorales
y en 1985 constituían casi el 40 por ciento de
éstos.
En la historia del
país, la presidencia y vicepresidencia nunca han sido
ocupadas por una mujer. En 1983 fue designada por vez
primera una mujer al cargo de ministra y, durante el
período de 1986 a 1990, cinco mujeres ocuparon
puestos de importancia en el Congreso.
En Honduras, la
situación es bastante parecida. Pese a ser
mayoría en la población, las mujeres cada vez
tienen menos espacios de participación en la toma de
decisiones trascendentales para la nación, ya que su
presencia en cargos públicos o en las planillas
electorales es exigua.
Según Gladis Lanza,
presidenta del Movimiento de Mujeres por la Paz
Vistación Padilla, pese a las promesas de
campaña, los partidos políticos, dominados
exclusivamente por los hombres, continúan mintiendo y
fallándole a la mujer.
En la reciente
celebración del Día de la Mujer en Honduras,
el 25 de enero varias organizaciones feministas realizaron
una marcha de protesta por las calles de las principales
ciudades del país exigiendo una ley que les asegurara
el 50 por ciento de todos los cargos de elección
popular para los próximos comicios generales
previstos para finales de noviembre del 2005.
Pese a que existe una ley
que asegura a la mujer el 30 por ciento de todos los cargos
que se definen en las urnas, una
interpretación de última hora por
parte de los líderes de los principales partidos
políticos dio como resultado que en lugar de mejorar
su participación en el Congreso, más bien
ésta se vio disminuida en la presente legislatura en
comparación con la anterior.
En el cuatrienio legislativo
1998-2002, de los 128 diputados había 15 mujeres,
pero en el actual, correspondiente al período
2002-2006, su presencia se redujo a solo nueve.
Lanza aseguró que las
organizaciones femeninas podrían
boicotear las próximas elecciones y no
acudir a las urnas si no se les asegura una
participación equitativa en la lucha por puestos
electorales.
Según las
estadísticas oficiales, de los 600 cargos importantes
del gobierno, apenas 40 están ocupados por mujeres.
En las 15 secretarías de Estado, asimismo, solo dos
están a cargo de mujeres. Entre los 128 diputados del
Congreso, solo nueve son mujeres. También solo 27
puestos de las 298 municipalidades del país son
desempeñados por mujeres.
En Costa Rica, una mayor
participación social de las mujeres tampoco ha tenido
una traducción paralela en su presencia en las
instituciones políticas, si bien cuentan con 20
representantes en la Asamblea Legislativa. Asimismo, en la
Administración de Justicia cuentan con una importante
base del sistema, no así en la Corte
Suprema.
Esta circunstancia
(participación en la base, ausencia o presencia
mínima en la cúspide) es la norma general de
la condición femenina en el sistema
sociopolítico de Costa Rica, así como en casi
toda América Latina.
Ciertamente, las mujeres han
tenido que luchar mucho para superar los prejuicios y
estereotipos culturales que de una u otra manera se traducen
en una abierta discriminación. Los gobiernos tampoco
hacen mucho para que puedan compatibilizar familia y
trabajo, por lo que muchas madres nunca llegan a pensar
siquiera en la posibilidad de asumir nuevos roles en su
vida, como el de la política. Esto es así,
según expone el analista político Manuel
Rojas, porque la política está diseñada
por y para los hombres y la única forma de que las
mujeres puedan incursionar en ella es demostrando que son
tan buenas como los varones. Desde luego, ellas deben
conseguirlo compaginando sus demás roles, algo que
los hombres no están obligados a hacer porque
ahí está su mujer.
Rojas lamentó, sin
embargo, la insistencia de las mujeres de hacer
política imitando el estilo de los hombres, pues
muchas pierden mucho del caudal que pueden aportar a la
práctica. En esto está claro que la
institucionalidad determina en mucho el comportamiento de
las personas, así que una mujer que llega al Congreso
o a un ministerio, rara vez intenta hacer las cosas a su
manera.
Finalmente, aplaudió
el esfuerzo de aquellas que procuran poner su granito de
arena por la equidad de género, pero recordó
que así como existen personas comprometidas con
ciertas luchas, existen muchas más de su propio sexo
que se les oponen.
Podríamos decir
que no es suficiente ser mujer para asumir una
posición consecuente con su propio género. A
veces son los hombres quienes apoyan más ciertas
iniciativas a favor de las mujeres, aunque parezca
contradictorio.u
Colaboraron en esta
investigación: José Ripoll (Uruguay),
Alejandra Cassino (Chile), Isidro López (Nicaragua),
Julio Medina (Honduras) y Alexandra Farfán
(Colombia).
Maria Díaz de Vivar
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